Entrevista. Pilar Calveiro. Politóloga. La autora de Violencias de Estado analiza los sistemas concentracionarios desde Auschwitz a Guantánamo. Cómo se despliega la voluntad de poder global capitalista a través de la “guerra contra el crimen” y la “guerra antiterrorista”.

Pilar Calveiro vive lejos. Se quedó viviendo en México desde 1979. Antes, vivía aquí, en Argentina, donde nació, hasta que su vida se le fue de las manos y quedó a merced de sus carceleros. Pilar Calveiro fue secuestrada el 7 de mayo de 1977, un sábado que en San Antonio de Padua diluvió. Antes de exiliarse, fue desaparecida y torturada brutalmente. Estuvo en centros clandestinos de detención, como Mansión Seré y Esma, a los que ella vinculó a la experiencia de encierro genocida nazi en un pionero libro de 1999, Poder y desaparición. Los “campos de concentración” en Argentina y la revisión de la militancia de izquierda –sobre todo en Violencia y/o política (2006)– hicieron de Calveiro una referencia, al punto que hoy el Ministerio de Defensa ha incluido su primer libro en la formación de los jóvenes militares de la democracia.
Esta vez, el pensamiento calveirano traspasó los entresijos de la memoria entendida como revisión del pasado y sus efectos y enhebró en un estudio del poder global actual las estrategias de las violencias pergeñadas desde el Estado-nación desde el final de la I Guerra Mundial. En este nuevo trabajo, Violencias de Estado, la guerra antiterrorista y la guerra contra el crimen como medios de control global, la autora, doctora en Ciencias Políticas por la Universidad Autónoma de México, se ocupa de entender las continuidades y rupturas que sobrevinieron con la “reconfiguración hegemónica” posterior a la caída de la Unión Soviética.
Profesora investigadora de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Calveiro sostiene que mientras que la guerra antiterrorista mantiene y expande el nuevo orden global, replicando las formas de lo concentracionario, la guerra contra el crimen “recurre a la reorganización jurídica y penitenciaria que conduce al encierro creciente en aras de la seguridad interior”.
De visita en Argentina, Calveiro conversó con Miradas al Sur. “Para mí, este libro es un acto de memoria, que no sólo es repensar el pasado, sino en cómo la experiencia del presente ilumina también ese pasado.”
–¿Por qué retomar la comparación de nuestro mundo actual con la lógica binaria de la Guerra Fría?
–Porque estamos en un momento de reorganización hegemónica. Sin embargo, el discurso dominante se presenta como si hubiese habido un corte radical en la historia. Efectivamente hay una reconfiguración amplia en lo político y económico, en lo simbólico y lo tecnológico, en lo ideológico y en el plano de las subjetividades. Pero esto ocurre en algunos sentidos como ruptura y en otros como profundización del mundo del siglo XX. El eje que recorre las dos épocas es que en el siglo pasado aparece una vocación de control mundial, que se manifiesta en los totalitarismos, que sigue como lucha de modelos ideológicos durante la Guerra Fría y que se zanja con un triunfador relativo.
–La victoria de Occidente…
–Que es una victoria hegemónica, pero no la es de ningún país: implica redes de poder nacionales y supranacionales, privadas y públicas que controlan el sistema-mundo. En tal sentido, hay una consumación de lo que se busca a lo largo del siglo XX. El libro trata, mirando desde los sistemas penitenciarios, de identificar algunas de las características de esta nueva forma de organización de poder global.
–¿Hay una línea ideológica que ata un proyecto de control entre Auschwitz y la Esma?
–Bueno, ésas son instituciones emblemáticas representativas de mucho más. “Auschwitz” es todo el sistema concentracionario nazi; “Esma” es todo el terrorismo de Estado en los centros clandestinos de desaparición de personas. ¿Qué cosas conectan o desconectan estos momentos? Cuando trabajé el tema de lo que llamé “campos de concentración” en Argentina en los ’70, lo hice a partir de las enormes semejanzas que encontraba en el modelo concentracionario nazi, según lo que habían contado Primo Levi, Bruno Bettelheim y la propia Hannah Arendt. Esto tenía que ver con la identificación de un grupo social como enemigo objetivo que debía ser eliminado a través de dispositivos tecnológicos desde el Estado. Había diferencias muy importantes, claro. En el caso alemán, se trataba de un régimen político que intentaba el control mundial, de millones de personas construidas como Otro racialmente diferente. En el caso argentino era un disidente político. Pero en el tratamiento de los Otros tenían muchas semejanzas.
–¿Y Guantánamo?
–Cuando digo “Guantánamo” aludo a toda esa constelación de centros de detención y tortura igualmente clandestinos, los “sitios negros” de la CIA. Lo que me encuentro aquí es que la forma de tratamiento de estos lugares de concentración de las personas que van a ser eliminadas opera de una manera casi inversa al modelo Auschwitz. Aquel modelo era masivo, en donde parte del tormento tenía que ver con el hacinamiento brutal de la persona, y en donde el tratamiento de la población concentracionaria era el de una sociedad de masas.
–En barracas.
–Sí, y muy sobrepobladas. En este modelo actual, en cambio, me encuentro con el aislamiento radical del cuerpo. Algunos de los testimonios de prisioneros de agujeros negros norteamericanos cuentan que una persona podía estar meses sin cruzarse con otra. Y con sus captores sólo podía hablar en el momento de su interrogatorio, personas que aparecían totalmente cubiertas. Ellos los llamaban “ninjas”. Entonces, esto me lleva a repensar la experiencia argentina, en donde hay una especie de punto intermedio entre esos dos momentos, Auschwitz y Guantánamo.
–¿Y cuál sería su característica admonitoria?
–En concreto, me pregunto si los centros clandestinos en Argentina no habría que llamarlos ya campos de concentración y aislamiento. Porque ahí también tenemos la idea –aunque menos radical– de que cada prisionero esté en un compartimento separado del resto. Ya aparece ahí también de una manera dramática, el método de la obturación sensorial, que no aparecía en el modelo concentracionario nazi. El uso de la capucha remite a este aislamiento sensorial que ahora se radicaliza en Guantánamo, donde se les tapan los ojos y muchas veces los oídos; incluso los guardias usan guantes para impedir el tacto, a los prisioneros les ponen una especie de mameluco que es como un chaleco de fuerza. Hay un control radical del movimiento y de la percepción. Es como si lo que ya estaba anunciado en el modelo concentracionario argentino ahora se profundizara brutalmente.
–¿Cómo definiría la violencia estatal ejercida en estas cárceles?
–Como vaciamiento. Es un fenómeno que tiene un preanuncio en los ’70 en Argentina. Me explico. De algún modo este nuevo orden procede de la búsqueda de la “apertura”, la “penetración”, para succionar y vaciar. ¿Qué cosa? Todo: los recursos naturales y económicos, el espacio político y la subjetividad. En la exaltación de la “apertura” y la “flexibilidad”, está la oposición semántica a lo rígido, que es vinculado al mundo bipolar. Ese discurso permitió la penetración de los intereses corporativos globales, que lo que hacen es vaciar literalmente y vaciar de sentido. El individuo pasó de ser pretendidamente racional, autónomo y ciudadano, a estar vaciado en su retracción al ámbito privado. A tal efecto, es interesante el término que se usaba en Argentina en los ’70 para la desaparición de las personas: “chupar”.
–Usted marca que esta succión se produce a través de lo que serían dos guerras casi perpetuas: la guerra antiterrorista y la guerra contra el crimen.
–Son guerras en las que no se puede preanunciar un final. Estos escenarios bélicos que se crean no disminuyen el problema, sino que lo potencian. Y con el costo pagado por los países donde Estados Unidos va a pelear la guerra antiterrorista; quiero decir, las víctimas las ponen estos países. Algo parecido pasa con la guerra contra el crimen. Hablo de “guerra” en el sentido de la persecución de un enemigo interno, pero se puede entender en términos bastante más amplios. Está vinculado con la centralidad del fenómeno de la seguridad, que se da en todo el mundo. Este imperio de “la seguridad” en la agenda de los medios de comunicación y en la política genera un sentido de que se requiere un tratamiento especial para ganarlas. ¿Cuál es el sentido de instaurar estos discursos? Sencillamente habilitar el despliegue de las violencias del Estado.
–Usted dice que las violencias estatales de la actualidad conviven en un Estado de Derecho con un estado de excepción. ¿Cómo es eso?
–Entiendo que se superponen distintas formas de aplicación del Estado de Derecho. Si antes el Estado de Derecho tenía la vocación de un carácter universal, tiende ahora a tener una aplicación diferencial. Pasa, por ejemplo, con los inmigrantes ilegales de Centroamérica en México. Se descubrió que gente del propio Instituto Nacional de Migración los secuestra para venderlos por cabeza a las redes del narcotráfico, para que a su vez éstas cobren un rescate chantajeando a las familias. Y nadie responde por eso, no hay sanción. Hoy hay una cancelación fáctica del derecho, un estado de excepción para algunos que no acceden a la defensa de sus derechos por parte del Estado.
–¿Hay nuevas maneras de torturar desde el Estado en el mundo global?
–A partir de la llamada “guerra antiterrorista”, Estados Unidos hizo un manual de prácticas permitidas, y entre ellas están, por ejemplo, el hecho de someter a la persona a temperaturas extremas, el submarino –el famoso waterboarding–, el mantener a las personas en posiciones estresantes y expuestas a ruido blanco. Es decir, se puede congelar a una persona en una posición desgarradora con un ruido que tampoco le permita dormir. Son prácticas desquiciantes. Pueden no dejar marcas físicas, pero producen un daño físico severo. Bueno, esas prácticas quedaron fuera de la nueva categorización de la tortura.
–¿Cuáles son los usos de la tortura hoy? ¿Han cambiado respecto de los de la Guerra Fría? 
–Los usos de la tortura son múltiples y se ajustan a cada caso. La tortura es básicamente para obtener información. Ahora, cuanto menos se conoce del Otro y cuanto más distante es en términos culturales, la tortura es más brutal, puesto que existen menos herramientas para decodificar lo que el torturado dice. Ahora, el tema no termina en la información sino que la tortura se propone la destrucción y humillación del Otro concebido como enemigo.
–¿Es un modo de amedrentar a los que aún no han sido torturados? 
–La difusión de la foto de Guantánamo de hecho está ligada con mostrar lo que te puede pasar si te convertís en enemigo de Estados Unidos o de este nuevo orden.
–En las fotos de Abu Ghraib, lo diabólico parecía estar en la expresión pícara de los guardiacárceles.
–Hay una dimensión de las fotos de Abu Ghraib que desde mi punto de vista es novedosa: el torturador se fotografía con el torturado en el momento mismo del acto violatorio. Hay muchos antecedentes de fotos en situaciones de guerra donde las tropas se retratan con cadáveres y enemigos sojuzgados o colgados de los árboles. Acá lo que sorprende son los gestos, las risas, los pulgares en alto en señal de victoria al lado de un cadáver o de pilas de cuerpos. Ellos en sus alegatos dicen que lo hacían para entretenerse. Hablan de apuestas entre ellos para ver quién lograba que el prisionero se orinara primero. Hay una naturalización de la tortura, lo que habla de la autorización de estos tratamientos por parte de la institución militar a estos soldados.
–¿Por qué interesa la puja jurídica en el plano del Derecho internacional para definir lo que es terrorismo?
–Originalmente en los ’70 ya existían atentados de tipo terrorista. Se entendía al terrorismo como aquel tipo de violencia masiva contra víctimas civiles elegidas de manera arbitraria, en aras de controlar una sociedad. Es claro que el mayor poder para infligir este terror es desde el Estado. En la medida que se va construyendo este escenario de guerra antiterrorista, se separa el Estado del terrorismo: cuando hay terrorismo ya no es el Estado. Luego, el terrorismo comienza a definirse por su intencionalidad política. Esta vaguedad hace que entre en la figura del terrorista casi cualquier forma de oposición social o política. En muchos países, estas leyes van a permitir operar contra cualquier grupo disidente. Es el caso de los mapuches en Chile, que no han producido una sola víctima mortal dentro de la población chilena y, sin embargo, son objeto de sanción por la legislación antiterrorista.

 

fuente http://sur.infonews.com/notas/el-discurso-de-la-inseguridad-habilita-la-violencia-estatal