Los negocios secretos del jefe policial de Santa Fe sumieron a esa fuerza en una incertidumbre institucional sin precedentes.

Durante la primera madrugada de 2012, más de cincuenta tiros sacudieron al barrio rosarino de Villa Moreno. En la canchita de la Asociación Oroño, tres cuerpos yacían sobre charcos de sangre. Jeremías Trasante, Claudio Suárez y Adrián Rodríguez militaban en el Frente Popular Darío Santillán (FPDS). Pero no fueron asesinados por ello sino por error.
Con tal certeza se topó de modo tardío el tipo con chaleco antibala y ametralladora FMK3 que huyó de allí junto a otros cuatro sicarios. Era Sergio El Quemado Rodríguez, un alto dignatario de la hinchada de Newell’s que controlaba en ese arrabal la venta de droga. En realidad, sus balas eran para los soldados de su archienemigo, Ezequiel El Negro Villalba, al que buscaba con fines de venganza.
Dos sábados después, El Quemado fue detenido en la localidad entrerriana de Santa Elena. Entonces, el aún flamante jefe de la Policía de Santa Fe, comisario general Hugo Tognoli, se prestó a la requisitoria periodística. «Acá hay una guerra mafiosa», fueron sus exactas palabras. Desde entonces, dicho conflicto bélico se cobraría otros 24 cadáveres. Y también el destino del propio Tognoli, quien –al cierre de esta edición– es el prófugo más buscado del país. Una causa judicial –investigada por la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA)– lo señala como el máximo responsable de una red de protección al narcotráfico.

Noticias de ayer. El gobernador socialista de la provincia, Antonio Bonfatti, tomó conocimiento del asunto en la mañana del viernes a través del diario Página/12. Al rato, su ministro de Seguridad, Raúl Lamberto, convocó en su despacho a Tognoli. Y le sugirió dar un paso al costado “en resguardo de su persona y de la institución”. El comisario lucía desencajado, y su respuesta fue: “Ya escribí la renuncia”. El resto, un frío apretón de manos, antes de retirarse con rumbo desconocido.
Lo cierto es que la investigación sobre sus actividades secretas era lapidaria. Por ejemplo, consignaba que policías que reportaban directamente a él se dedicaban a la custodia de una cadena de kioscos de cocaína. Eran unos cubículos de chapa atendidos por menores, quienes permanecían encerrados allí en turnos de 24 horas. Había policías que incluso eran los que traían la droga para reponer cuando se acababa. Además, en una causa de trata de mujeres, el dueño de un prostíbulo se comunicó con un comisario mayor para preguntar con quién debía arreglar la venta de cocaína en su local. La respuesta, por mensaje de texto, decía “directo con Tognoli; 30.000 pesos mensuales”. Un personaje excluyente en esta trama es CarlosEl Vasco Ascaini, ya que el garante de su impunidad era justamente Tognoli.
Cuando la PSA lo puso bajo la lupa, un policía le avisó que autos desconocidos lo estaban merodeando. La PSA allanaría su casa. Pero el único rastro que se encontró del Vasco fue un mate todavía caliente. Minutos antes, su dueño había puesto los pies en polvorosa. Alguien le avisó.
Después se verificó que Tognoli había entrado con su clave personal al archivo del Registro de la Propiedad del Automotor para identificar los vehículos de la PSA que cercaban a Ascaini.
En una entrevista telefónica concedida ya en la clandestinidad al diario rosarino La Capital, Tognoli argumentó que ese rastreo no fue hecho por él sino que corrió “por cuenta de un subalterno”.
Quizás, al rato, el uniformado caído en desgracia haya visto por televisión la jura de su reemplazante, el comisario Cristián Sola.
Éste había sido hasta entonces el subjefe de la fuerza y también su más acérrimo rival. De hecho, la convivencia de ambos estaba cifrada en un vidrioso equilibrio: Sola tenía el manejo de Drogas Peligrosas, de las Tropas de Operaciones Especiales (TOE) y de la División de Trata de Personas en el sur de Santa Fe, mientras Tognoli poseía el control de la estructura policial asentada en el norte de la provincia. Aquella división territorial fue motivo de una feroz interna entre el Comando Radioeléctrico y Drogas Peligrosas.
De semejante desinteligencia fue víctima el narco Ignacio Actis Caporale, más conocido como Ojito. Este muchacho de 24 años distribuye polvillo blanco en algunos barrios del sur de Rosario con una flota de diez vehículos de su propiedad. En uno de éstos, un Audi, fue interceptado a comienzos de año por dos móviles del Comando Radioeléctrico. Tras un intenso tiroteo, Ojito logró fugar. No así, dos cómplices suyos, quienes terminaron en la comisaría 18ª. Una insólita negociación se produjo allí. Ojito quiso recuperar el Audi. Con ese propósito, acordó fraguar con los jefes de esa seccional un procedimiento según el cual los tres narcos aparecían como víctimas de un secuestro, del cual –siempre según la letra de aquella versión– fueron liberados por los policías. En las escuchas, Ojito habla de cambiar las patentes del Audi y para falsear así una venta.
En abril, altos oficiales del Comando Radioeléctrico se enteraron de la existencia de La Cueva, un departamento que Actis tenía en Rosario. Allí guardaba abultadas sumas de dinero y una cantidad no menor de cocaína. Sin embargo, la información no derivó en un allanamiento sino en un asalto. Las escuchas demuestran que los policias desvalijaron el lugar.
Al respecto, Actis tuvo una muy dolorosa certeza: el entregador del mencionado mejicaneo había sido uno de sus colaboradores más cercanos; nada menos que Leandro (a) El Pelado.
Un móvil policial –del sector afín a Tognoli– capturó a Leandro al día siguiente del asalto. Lo subieron al baúl y lo llevaron a un galpón, en donde los secuaces de Ojito se hicieron cargo del traidor. Una escucha documenta ciertos detalles de su vía crucis:
–Yo estoy acá en zona norte, en un galpón, con el Pelado –informaOjito a un conocido
–¿En serio?
–Sí, tengo toda la remera llena de sangre mal, boludo.
–¿Le pegaron mal?
–Sí, le pegamos mal, le pegamos mal.
–Está bien. Me parece fantástico.
–Ahora nos vamos a tomar un champancito y después lo vamos a ir a tirar al río.
En realidad, Actis fue benévolo: obligó al Pelado a que le pidiera perdón. Mientras esto sucedía, la banda fue hasta el domicilio del padre del Pelado y le exigió 500 mil pesos. Los investigadores suponen que la banda policial que robó en La Cueva tenía que poner el dinero del rescate y por eso pidieron semejante cantidad. Finalmente el padre negoció la entrega de un auto y así liberaron al Pelado. Ojito sigue prófugo hasta hoy.
En cambio, la suerte de Tognoli ya está echada.
Sobre él perdurará a través del tiempo el recuerdo de su estilo y la forma personalizada con la que intervenía en sus propios negocios. A diferencia, por caso, del perfil gerencial que exhibía el inolvidable jefe de la Bonaerense, Pedro Klodczyk, el tesón de Tognoli se asemejaba más bien al de un almacenero.
En su descargo, el comisario prófugo dijo: “Pueden investigarme sin problemas. Mi esposa es hija única y vivimos en la casa de mi suegra. No tengo auto y uno de mis hijos tiene un Citroën usado que se compró con dinero que le regalaron sus abuelas. No tengo otros bienes y eso lo puedo demostrar”.
Ese fue su último mensaje.
Sus allegados aseguran que Tognoli está a punto de entregarse. Pero por ahora su paradero es uyn enigma.

 

fuente http://sur.infonews.com/notas/el-estrepitoso-ocaso-de-un-emprendedor