El libro, publicado por la casa Katz, es el resultado de un trabajo de campo de más de tres años, de miles de entrevistas, testimonios y mediciones en una zona del país clave por razones de lo más diversas.

Auyero es profesor de sociología en los Estados Unidos; matriculado en The New School for Social Research, ha recibido becas y entre sus libros se cuentan «La política de los pobres», «Vidas beligerantes» y «La zona gris». Es especialista en políticas sociales.

Esta es la conversación que sostuvo con Télam desde Austin (Estados Unidos), donde reside.

-Télam: El conurbano ha sido para vos una tierra de estudios desde hace tiempo. ¿Qué cambios notaste en las relaciones sociales durante los últimos años?
-Auyero: Creo que un cambio muy importante es la multiplicación de distintas formas de violencia  -la vinculada a las drogas, pero también a otras formas de criminalidad-, junto a la persistencia de formas menos visibles pero igualmente perniciosas como la violencia intrafamiliar y la violencia de género.

Al mismo tiempo, y seguramente vinculado con esto, lo que yo percibo como cambio importante es la creciente presencia de la prisión como una institución más en la vida cotidiana de los sectores populares  -algo que, creo, no era tan relevante hace dos décadas.

-T: El supuesto crecimiento de la violencia no tiene una causa única. ¿Cuál es tu hipótesis al respecto?
-A: La multiplicidad de las formas de violencia obedece a multiples causas, pero creo que dos fundamentales -y relacionadas- tienen que ver con la creciente informalización y con la expansión del mercado de drogas ilícitas. La economía de las drogas genera violencia sistémica.

No creo que sea un «supuesto» el aumento de la violencia (en Ingeniero Budge, la tasa de homicidios se incrementó en 780 por ciento entre el 2002 y el 2007, cuando el crecimiento demográfico fue mucho menor).

Uno no tiene más que visitar las salas de emergencia de los hospitales públicos del conurbano para darse cuenta inmediatamente que los más destituidos viven en un mundo más violento.

-T: El clientelismo, ¿debe existir en una emergencia? ¿A largo plazo no cristaliza ciertos modos de producción de subjetividad? 
-A: No hay una relación de necesidad entre emergencia y clientelismo. En momentos de mucha necesidad, se pueden implementar políticas universalistas. Sí creo que con el tiempo, el clientelismo genera una manera de entender la práctica política y la ciudadanía, pero no por sí solo, sino en confluencia con otros factores, por ejemplo, con la ausencia de alternativas políticas.

-T: La asociación de los pobres en Brasil, por ejemplo, donde el narco arma una suerte de economía paralela, ¿en la Argentina no existe por la intermediación de la policía?
-A: No creo que en Brasil ni en Argentina haya «economías» ni poderes paralelos, sino profundamente imbricados con el funcionamiento del sistema político. Por eso es que hablo de una «zona gris» donde hay interpenetraciones muy complejas entre el campo de las drogas y el campo político -en contraposición a poderes paralelos.

-T: ¿Cómo entender ese encadenamiento de las diversas formas de violencia si no es pensando que existe una «internalización» en espejo al sistema de jerarquías que articula el poder (o el biopoder)?
-A: No trabajo con la categoría de biopoder, pero sí con la de «gobernanza», y creo que está operando de una manera que (Michel) Foucault no hubiese imaginado. Madres que «voluntariamente» concurren a la policía, a la que saben cómplice con el tráfico de drogas, para que arresten a sus hijos porque no pueden controlar los niveles de violencia que produce su adicción al interior del hogar. Es un orden social y político de una perversidad y una destructividad espeluznantes

 

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