A Sergio González Rodríguez le golpearon la cabeza con la cacha de un revólver hasta dejarlo inconsciente. Minutos antes lo habían torturado enterrándole la punta de un pica hielo en la pierna. Eso le pasó en México hace más de tres años cuando quiso escribir sobre las desapariciones de mujeres en Ciudad Juárez. Anoche estaba sentado en una mesa del Encuentro Federal de la Palabra en Tecnópolis y conversaba sobre los lenguajes de la violencia con los periodistas Silvina Tamous, Dante Leguizamón y Sebastián Hacher.

González, ganador del 42º Premio Anagrama de Ensayo por su obra Campo de guerra, es un hombre experimentado, lleva marcadas las vivencias de un reportero que conoce la calle. “Una vez entrevisté a un decapitador. El tipo me hablaba de cortar cabezas como si comentara una receta de cocina. No tenía remordimientos. Era un burócrata del mal, como decía Hannah Arendt”. Hacher, que oficiaba como moderador de la mesa “La violencia: los lenguajes de la complejidad”, dijo lo que probablemente todos los demás en el público pensaban: “aterrador”, y preguntó por la violencia en Argentina.

Silvina Tamous, que ha investigado crímenes en Rosario desde hace 20 años, explicó los 238 asesinatos de 2013 como un fenómeno que sobrepasa la actividad delictiva de la banda de Los Monos. “En Rosario lo que hay es una gran narrativa sobre quiénes son los malos, pero la violencia no puede explicarse sólo con la figura del narco. Hay una proliferación de armas en la sociedad”, dijo sin titubear. “La policía te dice que hay un ejército de sicarios y no es así. Al ‘Pajaro Cantero’ lo asesinaron por la espalda en un estado de total indefensión, mientras orinaba afuera de un boliche. Los crímenes los cometen entre ellos”.

En Córdoba la violencia es menos cruda, es más estratégica, describió Dante Leguizamón, periodista de Canal 10, Radio Universidad y cba24n (UNC). “Nuestra ciudad no tiene una tendencia violenta, no hay seducción por el crimen, pero sí una propensión al delito como forma de tomar un atajo”, dijo.

Aunque las violencias de México, Rosario y Córdoba expresan lenguajes distintos, hay un aspecto que comparten: la corrupción policial. En México, por ejemplo,  “quienes más violan los derechos humanos son los policías. Hombres de 35 años en promedio”, aseguró González. Y en Rosario “hay una pirámide invertida de la recaudación en la que cobra hasta el policía, y eso desmadra”, dijo Tamous.

Frente a ese panorama intrincado de criminalidad, corrupción y violencia la pregunta que decantó Hacher apuntó hacia el rol del periodista. Tamous lo explicó con soltura: “Un periodista de policiales debe ser desconfiado y no transcribir todo lo que le dice el juez. Hay que salir a la calle y humanizar las cifras. Lo que yo noto es un desprecio por la palabra, cualquiera puede opinar de todo”. Leguizamón desconfió de los trucajes lingüísticos: “Hay autores que arman trampas semánticas para narrar la realidad y hay que alejarse para no caer en ellas”. Y González hizo un comentario crítico conectado con sus vivencias: “Sin periodistas no hay periodismo y en México no hay una institución que nos proteja, hay que buscar una zona donde se esté menos vulnerable”. Enseguida evocó su errática costumbre de “trabajar como El llanero solitario”.

“Cuando a mí me torturaron duré dos semanas sin hablar. Yo recordaba quién era, quiénes eran mis amigos, pero no pronunciaba una palabra. Los neurólogos decían que iban a practicarme una operación con un 50% de probabilidad de muerte y que si salía con vida no garantizaban una buena recuperación”, contó González como apenado por la situación, pensando quizá que eso no venía al caso.

Y la verdad sí correspondía, no sólo para entender la violencia a través de sus cicatrices, sino para comprender el sentido macabro de esa frase universal que él pronunció al principio: “Hay veces que los temas lo encuentran a uno y no al revés”.

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